¿Etiquetas o jeroglificos?

Las etiquetas de los alimentos deben ofrecer al consumidor toda la información sobre sus propiedades, para que éste sepa si ese producto le conviene. Un estudio revela que estas etiquetas no siempre son comprensibles para los usuarios.
Abrir la nevera y los armarios de nuestras cocinas supone encontrarse con docenas y docenas de alimentos de toda índole. Verduras envasadas, conservas, legumbres empaquetadas, yogures, leche, chocolate, galletas, snacks, pasta, arroz, cereales de desayuno, bollería, salsas precocinadas y un largo etcétera se amontonan como testimonio de lo que los consumidores de hoy metemos a nuestro carrito de la compra y después a nuestros estómagos. La oferta alimentaria es gigante y el consumidor tiene un abanico ingente de alternativas. Además de nuestros gustos personales, y nuestro tipo de alimentación, existen otros aspectos que deberían ser determinantes a la hora de decantarnos por uno o por otro producto, como su composición o sus propiedades nutricionales. Las etiquetas de los productos se convierten en su mejor carta de presentación.
¿Sabemos lo que comemos? es un reciente estudio elaborado por la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (Ceaccu) para analizar las actitudes y opiniones del consumidor en el Estado ante el etiquetado alimentario. Conclusión: más del 60% de la población en el Estado no lee el etiquetado de los productos que compra. Y es que en muchos casos nos dejamos seducir por la marca y la publicidad a la hora de decantarnos por un alimento sin pararnos a analizar si realmente nos conviene y si es verdaderamente saludable. La mayoría de los encuestados aseguraba no leer estas etiquetas por el exceso de información, otros porque la letra es demasiado pequeña y otros apuntaban como causa la dificultad para entender la información que se ofrece. De hecho, el 64% de los consumidores no entiende la práctica totalidad de la información de las etiquetas.
"La escasa lectura de la información de los envases de los alimentos por parte de los consumidores se explica porque el etiquetado actual no sirve: es confuso, incompleto y poco objetivo", destacan desde la Ceaccu. "En estos etiquetados se destacan las características menos relevantes, incluso fiables, de los alimentos, como son las declaraciones de salud, al tiempo que los datos esenciales se omiten o se camuflan, como ocurre con las grasas vegetales, el azúcar o la sal", añade.
Ante esta situación, desde esta entidad destacan que las campañas de formación al consumidor, por sí mismas, no son suficientes. "Es necesario cambiar la normativa para que el etiquetado sea realmente útil y sirva para que el consumidor elija libremente e informado", resaltan. "En Europa se está debatiendo esto ahora, y esperamos que el borrador para un nuevo Reglamento presentado por el comisario de consumo logre salir adelante con mejoras en ese sentido", afirman.
Así, esta asociación ha publicado una guía de etiquetado. Se trata de una publicación gratuita que enseña a usar paso a paso la información de las etiquetas de los alimentos. En Bilbao se puede solicitar en la sede de la Asociación Etxeko Andre, en la calle Jardines.
En esta guía se resalta la importancia de que los consumidores entiendan y utilicen las etiquetas de los alimentos, por tres razones: para que tenga la información adecuada y sea más libre y racional a la hora de elegir, para que proteger la salud sabiendo, por ejemplo qué nutrientes se deben reducir y cómo identificarlos, y, por supuesto, para cuidar el bolsillo no pagando más precio por productos que no nos ofrecen mayores beneficios.
La información es poder y esta máxima también se puede aplicar al etiquetado: con una información adecuada, el consumidor podrá tomar decisiones bien fundadas con respecto a los productos que va a adquirir y a comer.
La información nutricional es la más importante de todas las que ofrece una etiqueta. Paradójicamente, los compuestos más nocivos para la salud son los que más les cuesta reconocer a los usuarios. Por ejemplo, tenemos el caso de las grasas trans, el compuesto más opaco para los consumidores. ¿Cuantas veces ha leído usted en una etiqueta eso de grasas parcialmente hidrogenadas? Seguro que muchas. Pues es la expresión cuyo significado menos conocen los usuarios. En lo referente a las grasas saturadas, un 63% considera que las grasas vegetales son siempre mejores que las animales. Con esta respuesta, los encuestados pasan por alto que tras el término de aceites vegetales o grasas vegetales se pueden esconder los aceites de coco o de palma, ricos en ácidos grasos saturados. La sal tampoco se identifica completamente. Sólo un 26% de los encuestados sabe que el nivel de sal a veces se expresa mediante la cantidad de Na (símbolo del sodio) que contiene.
La Ceaccu califica de "preocupante", desde el punto de vista del derecho a la salud, que el 66,4% de los encuestado piense que los productos lácteos enriquecidos con vitaminas son más sanos, sin reparar en el hecho de que, dependiendo de la cantidad de otros nutrientes, como grasa o azúcares, quizá no lo sean tanto. Por otra parte, seis de cada diez consumidores se fían de las frases publicitarias que se refieren a la salud. De estas frases publicitarias, las que más animan a la compra son: Con vitaminas, Bajo en colesterol, Bajo en materias grasas, Natural, Rico en calcio y 0% de grasas.
Por su parta, Ana Collía, portavoz de la Unión de Consumidores de Bizkaia, asegura que el etiquetado "ha mejorado considerablemente a lo largo de estos años", aunque destaca que "en la medida en que se ha sofisticado la alimentación y la composición de dichos alimentos, hay mayor exigencia a la hora de interpretar el etiquetado, que no simepre se corresponde con lo que realmente tiene el producto". Así, destaca que tanto administraciones como asociaciones de consumidores tienen la responsabilidad de forman al consumidor. "Debemos hacer un esfuerzo para que los consumidores que apuestan por un producto determinado sepan que es lo que están comprando", afirma.
